Ella, joven, pálida, con
una de esas profundas bellezas que más que en el
rostro –aun bien
hermoso–, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca,
cuello, modo de
entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres,
sin ser en lo más mínimo
provocativa; y esto es precisamente lo que no
entenderán
nunca las mujeres.
“Cuentos
de amor, locura y muerte” (H. Quiroga)
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